También los cambios
en los modelos modifican la mirada. En otros
tiempos, "la panza" era algo vergonzoso,
que había que ocultar y disimular.
Hoy hay más permiso para mostrar
esa panza que crece y que constituye la
manifestación clara e inconfundible
de la sexualidad de la pareja.
Es importante tomar en cuenta el tema del
deseo. Este no es estable, sufre a lo largo
de la vida cambios físicos y psíquicos.
Uno de los más espectaculares cambios
que pueden ocurrir en el cuerpo de una mujer
acontece con el nacimiento de su bebé.
Antes del nacimiento, se siente llena, completa.
Después que el bebé salió
de su panza, tal vez, se sienta vacía.
Antes había otro ser viviente dentro
de ella. Luego, el bebé está
afuera y es alguien a quien ella tiene que
llegar a conocer y cuidar.
Las mujeres dicen que durante ese periodo
se sienten frágiles, perdidas, extrañas
en sus propios cuerpos, terriblemente vulnerables.
Algunas extrañan la panza; otras,
ante la inflamación y las puntadas
en el periné, se preguntan si van
a volver a sentir placer sexual alguna vez.
La forma en que se sienta la mujer después
del parto dependerá de cómo
haya sido tratada por quienes la asistieron.
Si la han tenido en cuenta como persona,
si su cuerpo ha sido tratado con consideración,
si ha sido informada acerca de lo que iba
ocurriendo, es probable que sienta que su
cuerpo aún le pertenece. Que ella
ha jugado un rol activo y protagónico,
y que aún mantiene su autonomía.
Si por el contrario ha sido tratada como
un objeto, si ha sido examinada con brutalidad,
sentirá que su cuerpo ya no le pertenece
y será muy penoso llegar a reconciliarse
con esa experiencia y recuperar sus sensaciones
placenteras.
Son muchos los cambios que
tienen lugar en el cuerpo alrededor de las
seis semanas posteriores al nacimiento,
en la famosa "cuarentena" y en
el transcurso del puerperio, que lleva aún
más tiempo, el útero se va
contrayendo y retornando al tamaño
y posición que tenía antes
del embarazo; el sistema hormonal está
en plena modificación, puede haber
aún pérdidas de sangre, los
pechos comienzan a lactar y están
a veces tan pesados e inflamados, que producen
la sensación de que van a explotar.
Muchas mujeres se sienten molestas, doloridas,
asexuadas, ajenas en sus cuerpos. Otras,
por el contrario, se sienten plenas, sorprendidas
con su capacidad de producir leche; muy
satisfechas con la conciencia de estar conectadas
con las fuerzas naturales en sus cuerpos
de mujer.
El nacimiento también
afecta a los hombres en este sentido.
Si han estado en el parto o han compartido
con sus compañeras la preparación
para el parto y han tomado conciencia de
los sutiles e intrincados cambios por los
que los cuerpos de sus parejas han pasado,
es probable que hayan ganado un nuevo conocimiento
respecto de la sexualidad femenina. Es posible
también que el encuentro sexual se
vea enriquecido, ya que aquellos amantes
un poco "apurados", habrán
podido aprender a detenerse, a ser más
cuidadosos y tiernos.
Esto seguramente resultará beneficioso
para el encuentro sexual.
También puede suceder que el hombre
sienta resistencia de acercarse nuevamente
a su compañera por distintos motivos:
la vagina se ha transformado en el canal
de parto y los pechos se han preparado para
amamantar al bebé.
A cualquier mujer que le hayan hecho una
episiotomía, se le hace muy difícil
pensar en el re-encuentro sexual. Aparecen
fantasías respecto de "cómo
habrán quedado". Es frecuente
escuchar de los mismos médicos decirle
al marido: "te la dejé como
de quince años", aludiendo al
modo en que cosieron los puntos de la episiotomía;
lo que es, por cierto, una mentira y absoluta
falta de respeto.
Por otro lado puede existir
la dificultad de rearmar la imagen corporal:
creer que la vagina quedó más
grande después del paso del bebé,
y por lo tanto el placer y la sensibilidad
estarán disminuidos. Surge el miedo
a que con la penetración "los
puntos se abran". El hombre puede sentir
temor de lastimar a su pareja, o de ocasionarle
dolor. Existe también la inquietud
de un nuevo embarazo, no deseado en ese
momento.
El re-encuentro sexual, generalmente, no
resulta nada fácil. El cuidado y
la presencia del bebé dificultan
la espontaneidad.
Es importante poder esclarecer todo lo que
aparece como atentatorio y tal vez anticiparse
a algunas situaciones que puedan ofrecer
dificultad.
Los músculos de la vagina son lo
suficientemente elásticos y flexibles
como para permitir tanto la entrada del
pene, como la salida de un bebé,
sin alterarse demasiado. Podemos sugerirle
a la mujer que practique los ejercicios
de Kegel, a fin de devolver a la vagina
un tono muscular adecuado.
Sabemos que debido a las
modificaciones hormonales, la vagina pierde
lubricación en el puerperio, por
lo que es recomendable recurrir a algún
lubricante, a fin de elastizar por un lado
los músculos del periné, y
por otro, facilitar la penetración,
que de todos modos no deberá ser
muy profunda en esos tiempos. Es conveniente
poder relajar los músculos del periné
en el momento de la penetración.
Muchos hombres creen que el único
modo de penetrar es empujando. Esto no es
necesariamente así. Si el hombre
tiene una buena erección, puede esperar
a la entrada de la vagina a que su compañera
se encuentre con él, realizando pequeños
movimientos de los músculos de la
vagina, contrayéndolos y relajándolos,
lo que permitirá a la mujer ir regulando
la penetración.
Respecto del fantasma del embarazo, es recomendable
en los primeros tiempos, tener a mano preservativos,
hasta consultar con el médico y éste
oriente a la pareja respecto de la forma
de anticoncepción que sería
más conveniente adoptar. Lo que sabemos
con certeza es que la lactancia al pecho
opera, en un alto porcentaje, como un anovulatorio
natural, pero solamente mientras el bebé
mame regularmente sin suspender ni alargar
ninguna mamada.
Aún teniendo todo
esto en cuenta, también puede suceder
que, lisa y llanamente, la mujer no desea
genitalidad alguna. No quiere, no puede,
su cuerpo no responde. Está en "otra
frecuencia", sutil, imperceptible para
los demás: la de su bebé;
donde las voces son gritos y los sonidos
son ruidos intolerables. Donde cualquier
contacto físico puede sentirse como
brusco. Escapa a las caricias de su pareja
porque aceptarlas y dejarse mimar implicaría
aceptar también la relación
sexual – genital que su compañero
reclama.
Pero sexualidad no siempre incluye genitalidad.
Ellos no pueden adivinar lo que sucede;
y quedan perplejos ante ese aparente desamor.
Aparente porque sí quiere la mujer
ser mimada, abrazada y acariciada... pero
nada más. Con mucha suavidad, lentamente,
como se trata a un fino cristal... porque
así de frágil puede ser su
estado, como el de una criatura.
Es aquí donde la importancia de la
comunicación se magnifica. Sólo
hablando sinceramente desde lo que le pasa,
lo que siente y lo que necesita, podrá
entenderse, sostenerse y redescubrir el
goce.
Lic. Lidia Fogliati - Prof.
Roxana Baroni
Grupo de apoyo Amamarte