Cómo
poder comprenderlos
Desde su nacimiento surgirán temores
comunes a todos los niños, como la
angustia del octavo mes, el miedo ante extraños,
el miedo que genera comenzar a dormir solo,
los cambios familiares, los temores que surgen
de la fantasía de dejar de ser queridos,
etc. Es importante entender que el bebé,
primero será uno con la mamá,
para luego comenzar, con la ayuda de ésta
y de aquel tercero, que es papá, a
diferenciarse, con la autonomía e inseguridad
que esta situación implica. Luego diferenciará
entre "lo familiar y lo no familiar",
surgiendo la angustia ante extraños
(no familiares), dependiendo de la aprobación
de mamá. O sea si mamá aprueba
a este extraño, dejará de serlo
y comenzará a habitar el mundo de lo
familiar. En este sentido, cuando comienza
con la deambulación a explorar el mundo,
surgirán temores de desprotección
si se aleja mucho de la mamá. Recordemos
que en esta época el niño entiende
que un objeto que no puede ver, desapareció,
hasta reconocer que aquello que desaparece
puede volver a hacerse presente. De ahí
la necesidad de jugar a alejarse y volver
permanentemente, reasegurando la presencia
de la madre, pudiendo entenderse como el temor
que le genera el dominio del espacio y su
creciente autonomía. Antes de esto,
era común que arroje o deje caer un
objeto, con la finalidad de comprobar su reaparición.
Esto ocurre durante los primeros meses de
vida y hasta el comienzo del jardín
de infantes (salita de tres), época
donde el niño ya ha podido internalizar
la imagen de la madre (o de quien sustituye
esa función), no requiriendo imperiosamente
de su presencia física, hasta culminado
el proceso de adaptación del jardín
(se torna familiar). Por ello no es aconsejable
el alejamiento prolongado de la madre antes
del tercer año, ya que hasta los 36
meses el infante no se encuentra maduro para
poder funcionar como un ser totalmente independiente.
Pero como la vida moderna y las necesidades
económicas llevan a modificar esta
regla, existen estrategias que permitirán
al infante poder soportar esta ausencia sin
mayores consecuencias. El niño seguirá
creciendo a partir de exponerse a los temores
y resolverlos en los períodos evolutivos
adecuados a cada edad. En estos primeros años
toda modificación a la rutina familiar
generará temores, como por ejemplo,
una mudanza, el nacimiento de un hermano,
la separación de los padres, cambio
de maestra, etc. Para dormir, del 1ero. a
los 3 años, los miedos y rituales para
conseguir el sueño son muy frecuentes,
incrementándose estos temores entre
los dos años y medio y los tres años.
Generalmente se mantienen hasta los cinco,
o más (el niño pide tener la
luz encendida, etc.).
Aparecerán sucesivamente, temores a
sombras, fantasmas, ladrones escondidos. Estos
suelen ser miedos pasajeros que el niño
podrá superar con la ayuda de los padres.
Si estas manifestaciones normales se prolongan
en el tiempo o generan crisis de angustia,
será necesario consultar con su psicólogo
infantil. Existen situaciones y lugares específicos
donde los temores infantiles suelen aparecer.
Así, por ejemplo, "el temor a
la oscuridad" donde subyace algo peligroso,
que se forma a partir de una situación
real de desprotección, agravados por
proyecciones psíquicas de temores internos,
siendo preferible para el niño, la
posibilidad de estar acompañado, aunque
sea por seres terroríficos, a la angustia
que le genera la soledad. Es común
el temor a la soledad, al abandono, al aislamiento
y a la muerte. La sensación de abandono
es una condición propia del desarrollo,
ya que el camino de la evolución está
plagado de pequeños abandonos (simbólicos
y reales), que tienen su génesis en
los primeros momentos de separación.
Deberá tenerse en cuenta que al nacer,
el bebé pasa de una situación
de protección y dependencia total,
a poder establecer, con la ayuda necesaria
de la madre, sistemas de relación con
un mundo real. Muchas veces hostiles, y es
allí donde surgen sensaciones de abandonos
y reencuentros que hacen al crecimiento y
normal desarrollo del niño. Frecuentemente
los temores son transmitidos por los padres,
con la intención de asustar al niño
por "lo mal que se porta", generando
el efecto contrario al deseado. En este sentido
no es extraño escuchar a un padre decir
que lo va a internar en una escuela pupila,
o que lo darán a la crianza de otra
familia. Este tipo de manifestaciones minan
la confianza básica de todo ser humano,
por lo tanto, lejos de lograr que "el
niño se porte mejor", generará
respuestas más agresivas, para comenzar
a odiar aquello que puede perderse (el amor
de los padres). Si bien es cierto que la hiperestimulación
de los medios de comunicación contemporáneos
ayudan a generar temores sumamente enriquecidos
por las imágenes, la intensidad de
estos temores no difiere sustancialmente de
los miedos experimentados por niños
de generaciones anteriores. O sea que los
temores producidos por "el hombre de
la bolsa" de ayer, son equivalentes a
los que genera el "Freddy" de hoy.
Es fundamental, si se quiere mitigar la aparición
de estos miedos, que el niño posea
confianza en sí mismo y en sus propias
defensas, sintiéndose seguro en soledad
o ante situaciones de peligro.
Diferente a los miedos es el tema de las fobias
infantiles, donde aparece un miedo incomprensible
que limita la actividad del niño. Una
mamá me cuenta: "Ya no sé
que hacer con mi hija, empezó primer
grado y cada vez que nos acercamos a la escuela
se angustia, se tira al suelo a llorar y no
hay forma de hacerla entrar", ¡cómo
poder explicar esta conducta en una niña
que no presenta problemas en otras áreas?.
Si le preguntamos a la niña acerca
de los motivos que le impiden asistir a la
escuela sin angustiarse, no logrará
darnos una respuesta que nos ayude a comprender
sus razones. Es que la niña no podrá
explicar aquello que no conoce, al menos en
forma consciente. De ahí que toda"receta"
acerca de cómo poder enfrentar el problema
será inoperante, como por ejemplo,
premiarla si concurre, estimulando muchas
veces el recrudecimiento de la manifestación
adversa.
Entendiendo que se trata de una fobia escolar,
la consecuencia es clara: la limita socialmente,
observando por lo general, como sintomatología
asociada: nerviosismo, importante aprehensión
y en algunos casos, la asociación con
síntomas físicos (dolor de estómago,
de cabeza, quejas de fiebre y tos).
Es importante enunciar características
diferenciales entre: fobia, angustia difusa
y miedo. Mientras que la fobia está
ligada a un temor injustificado y no razonable
ante objetos (escuela, ascensor, tren, etc.)
seres (animales, personas, personajes irreales,
etc.) o situaciones (ataque a los ojos, al
contagio, al fuego, a los truenos, etc. )
en las cuales el niño reconoce lo ilógico
de aquel temor (...sé que la maestra
es buena y en la escuela no me va a pasar
nada malo), en la angustia difusa no aparece
la referencia a algún objeto o situación
particular, mientras que el miedo responde
a un peligro real, como ya comenté
anteriormente. Conocer esto es importante
para poder determinar las causas y consecuencias
de los temores que se presentan en los niños.
Cuando se trata de una fobia específica,
habrá que tener en cuenta que el niño
ha logrado desplazar el miedo que le genera
un objeto o determinada situación hacia
otro objeto o situación más
inofensiva. Una característica esencial
de la fobia consiste en que, de no resolverse
a tiempo tiende a agravarse, ampliarse y cronificarse,
limitando cada vez más al niño
en las distintas actividades. Así por
ejemplo, un niño que comienza a expresar
temor intenso ante los perros grandes, luego
podrá extender sus miedos a todos los
perros incluidos los pequeños, para
en un tercer momento, comenzar a temer otro
tipo de animales. Esto generará que
no pueda acudir a casa de familiares y amigos
que tengan perro. La extensión de los
temores, implica un retraimiento cada vez
mayor a la vez que obliga al niño a
manejarse con conductas evitativas para intentar
no toparse con el objeto fobígeno,
o bien requerirá de la construcción
de un objeto contrafóbico, que le permita
enfrentar aquello que teme (por ejemplo, en
el caso que describimos el niño se
asegurará, de tener permanentemente
un elemento para su defensa, generando una
crisis de angustia si ese elemento en particular
es extraviado).
Todo esto requiere un enorme gasto de energía
psíquica, sin poder resolver la causa
primera de esta sintomatología, lo
cual obligará a sostener el problema
en forma permanente, si bien es posible que
el objeto fóbico sea modificado sucesivamente
a lo largo del desarrollo del niño.
El objeto fóbico tiene, pues, un valor
sustitutivo; no es más que el disfraz
simbólico de lo que reemplaza, por
lo tanto puede modificarse y agravarse con
relativa facilidad.
Entendiendo la manifestación de una
fobia como una construcción sintomática,
habrá que tener en cuenta que es importante
consultar ante la persistencia de la misma,
dando la oportunidad al niño a poder
poner este conflicto en palabras. Así
es que, conociendo la génesis del problema,
podrá encontrar los mecanismos necesarios
para su resolución. Por otro lado,
todo el grupo familiar encontrará "el
sentido" a aquello que de otra manera
no puede manejar.
Cuando aparecen crisis de angustia, sin la
necesidad que se presente un objeto o situación
determinada, es importante tener en cuenta
que estos temores difusos sostienen, como
en el caso de la fobia específica,
un conflicto intrapsíquico que deberá
ser resuelto con la ayuda de un psicoterapéuta
de niños.
En general las manifestaciones de angustia
suelen coexistir con trastornos del sueño,
insomnio en particular, trastornos del apetito,
trastornos respiratorios, digestivos o cardíacos.
Este tipo de manifestaciones es más
frecuente en el período prepuberal.
"Hay dos clases de fobias: una más
leve y otra más grave. Los de la primera
clase desde luego sufrirán angustia
cada vez que se les presente el objeto o situación
fóbica, pero no por ello dejarán
de desarrollar actividades. Los de la segunda
clase "se protegen de la angustia renunciando
a desarrollar una vida normal".
Los miedos en los niños, a diferencia
de las fobias, responden a situaciones reales
y hace, muchas veces, al desarrollo afectivo
normal en el infante. Desde su nacimiento
surgirán temores comunes a todos los
niños, como la angustia del octavo
mes, el miedo ante extraños, el miedo
que genera comenzar a dormir solo, los cambios
familiares, los temores que surgen de la fantasía
de dejar de ser queridos, etc. Es importante
entender que el bebé, primero será
uno con la mamá, para luego comenzar,
con la ayuda de ésta y de aquel tercero,
que es papá, a diferenciarse, con la
autonomía e inseguridad que esta situación
implica. Luego diferenciará entre "lo
familiar y lo no familiar", surgiendo
la angustia ante extraños (no familiares),
dependiendo de la aprobación de mamá.
O sea si mamá aprueba a este extraño,
dejará de serlo y comenzará
a habitar el mundo de lo familiar. En este
sentido, cuando comienza con la deambulación
a explorar el mundo, surgirán temores
de desprotección si se aleja mucho
de la mamá. Recordemos que en esta
época el niño entiende que un
objeto que no puede ver, desapareció,
hasta reconocer que aquello que desaparece
puede volver a hacerse presente. De ahí
la necesidad de jugar a alejarse y volver
permanentemente, reasegurando la presencia
de la madre, pudiendo entenderse como el temor
que le genera el dominio del espacio y su
creciente autonomía. Antes de esto,
era común que arroje o deje caer un
objeto, con la finalidad de comprobar su reaparición.
Esto ocurre durante los primeros meses de
vida y hasta el comienzo del jardín
de infantes (salita de tres), época
donde el niño ya ha podido internalizar
la imagen de la madre (o de quien sustituye
esa función), no requiriendo imperiosamente
de su presencia física, hasta culminado
el proceso de adaptación del jardín
(se torna familiar). Por ello no es aconsejable
el alejamiento prolongado de la madre antes
del tercer año, ya que hasta los 36
meses el infante no se encuentra maduro para
poder funcionar como un ser totalmente independiente.
Pero como la vida moderna y las necesidades
económicas llevan a modificar esta
regla, existen estrategias que permitirán
al infante poder soportar esta ausencia sin
mayores consecuencias. El niño seguirá
creciendo a partir de exponerse a los temores
y resolverlos en los períodos evolutivos
adecuados a cada edad. En estos primeros años
toda modificación a la rutina familiar
generará temores, como por ejemplo,
una mudanza, el nacimiento de un hermano,
la separación de los padres, cambio
de maestra, etc. Para dormir, del 1ero. a
los 3 años, los miedos y rituales para
conseguir el sueño son muy frecuentes,
incrementándose estos temores entre
los dos años y medio y los tres años.
Generalmente se mantienen hasta los cinco,
o más (el niño pide tener la
luz encendida, etc.).
Aparecerán sucesivamente, temores a
sombras, fantasmas, ladrones escondidos. Estos
suelen ser miedos pasajeros que el niño
podrá superar con la ayuda de los padres.
Si estas manifestaciones normales se prolongan
en el tiempo o generan crisis de angustia,
será necesario consultar con su psicólogo
infantil. Existen situaciones y lugares específicos
donde los temores infantiles suelen aparecer.
Así, por ejemplo, "el temor a
la oscuridad" donde subyace algo peligroso,
que se forma a partir de una situación
real de desprotección, agravados por
proyecciones psíquicas de temores internos,
siendo preferible para el niño, la
posibilidad de estar acompañado, aunque
sea por seres terroríficos, a la angustia
que le genera la soledad. Es común
el temor a la soledad, al abandono, al aislamiento
y a la muerte. La sensación de abandono
es una condición propia del desarrollo,
ya que el camino de la evolución está
plagado de pequeños abandonos (simbólicos
y reales), que tienen su génesis en
los primeros momentos de separación.
Deberá tenerse en cuenta que al nacer,
el bebé pasa de una situación
de protección y dependencia total,
a poder establecer, con la ayuda necesaria
de la madre, sistemas de relación con
un mundo real. Muchas veces hostiles, y es
allí donde surgen sensaciones de abandonos
y reencuentros que hacen al crecimiento y
normal desarrollo del niño. Frecuentemente
los temores son transmitidos por los padres,
con la intención de asustar al niño
por "lo mal que se porta", generando
el efecto contrario al deseado. En este sentido
no es extraño escuchar a un padre decir
que lo va a internar en una escuela pupila,
o que lo darán a la crianza de otra
familia. Este tipo de manifestaciones minan
la confianza básica de todo ser humano,
por lo tanto, lejos de lograr que "el
niño se porte mejor", generará
respuestas más agresivas, para comenzar
a odiar aquello que puede perderse (el amor
de los padres). Si bien es cierto que la hiperestimulación
de los medios de comunicación contemporáneos
ayudan a generar temores sumamente enriquecidos
por las imágenes, la intensidad de
estos temores no difiere sustancialmente de
los miedos experimentados por niños
de generaciones anteriores. O sea que los
temores producidos por "el hombre de
la bolsa" de ayer, son equivalentes a
los que genera el "Freddy" de hoy.
Es fundamental, si se quiere mitigar la aparición
de estos miedos, que el niño posea
confianza en sí mismo y en sus propias
defensas, sintiéndose seguro en soledad
o ante situaciones de peligro.
Diferente a los miedos es el tema de las fóbias
infantiles, donde aparece un miedo incomprensible
que limita la actividad del niño. Una
mamá me cuenta: "Ya no sé
que hacer con mi hija, empezó primer
grado y cada vez que nos acercamos a la escuela
se angustia, se tira al suelo a llorar y no
hay forma de hacerla entrar", ¡cómo
poder explicar esta conducta en una niña
que no presenta problemas en otras áreas?.
Si le preguntamos a la niña acerca
de los motivos que le impiden asistir a la
escuela sin angustiarse, no logrará
darnos una respuesta que nos ayude a comprender
sus razones. Es que la niña no podrá
explicar aquello que no conoce, al menos en
forma consciente. De ahí que toda"receta"
acerca de cómo poder enfrentar el problema
será inoperante, como por ejemplo,
premiarla si concurre, estimulando muchas
veces el recrudecimiento de la manifestación
adversa.
Entendiendo que se trata de una fobia escolar,
la consecuencia es clara: la limita socialmente,
observando por lo general, como sintomatología
asociada: nerviosismo, importante aprehensión
y en algunos casos, la asociación con
síntomas físicos (dolor de estómago,
de cabeza, quejas de fiebre y tos).
Es importante enunciar características
diferenciales entre: fobia, angustia difusa
y miedo. Mientras que la fobia está
ligada a un temor injustificado y no razonable
ante objetos (escuela, ascensor, tren, etc.)
seres (animales, personas, personajes irreales,
etc.) o situaciones (ataque a los ojos, al
contagio, al fuego, a los truenos, etc. )
en las cuales el niño reconoce lo ilógico
de aquel temor (...sé que la maestra
es buena y en la escuela no me va a pasar
nada malo), en la angustia difusa no aparece
la referencia a algún objeto o situación
particular, mientras que el miedo responde
a un peligro real, como ya comenté
anteriormente. Conocer esto es importante
para poder determinar las causas y consecuencias
de los temores que se presentan en los niños.
Cuando se trata de una fobia específica,
habrá que tener en cuenta que el niño
ha logrado desplazar el miedo que le genera
un objeto o determinada situación hacia
otro objeto o situación más
inofensiva. Una característica esencial
de la fobia consiste en que, de no resolverse
a tiempo tiende a agravarse, ampliarse y cronificarse,
limitando cada vez más al niño
en las distintas actividades. Así por
ejemplo, un niño que comienza a expresar
temor intenso ante los perros grandes, luego
podrá extender sus miedos a todos los
perros incluidos los pequeños, para
en un tercer momento, comenzar a temer otro
tipo de animales. Esto generará que
no pueda acudir a casa de familiares y amigos
que tengan perro. La extensión de los
temores, implica un retraimiento cada vez
mayor a la vez que obliga al niño a
manejarse con conductas evitativas para intentar
no toparse con el objeto fobígeno,
o bien requerirá de la construcción
de un objeto contrafóbico, que le permita
enfrentar aquello que teme (por ejemplo, en
el caso que describimos el niño se
asegurará, de tener permanentemente
un elemento para su defensa, generando una
crisis de angustia si ese elemento en particular
es extraviado).
Todo esto requiere un enorme gasto de energía
psíquica, sin poder resolver la causa
primera de esta sintomatología, lo
cual obligará a sostener el problema
en forma permanente, si bien es posible que
el objeto fóbico sea modificado sucesivamente
a lo largo del desarrollo del niño.
El objeto fóbico tiene, pues, un valor
sustitutivo; no es más que el disfraz
simbólico de lo que reemplaza, por
lo tanto puede modificarse y agravarse con
relativa facilidad.
Entendiendo la manifestación de una
fobia como una construcción sintomática,
habrá que tener en cuenta que es importante
consultar ante la persistencia de la misma,
dando la oportunidad al niño a poder
poner este conflicto en palabras. Así
es que, conociendo la génesis del problema,
podrá encontrar los mecanismos necesarios
para su resolución. Por otro lado,
todo el grupo familiar encontrará "el
sentido" a aquello que de otra manera
no puede manejar.
Cuando aparecen crisis de angustia, sin la
necesidad que se presente un objeto o situación
determinada, es importante tener en cuenta
que estos temores difusos sostienen, como
en el caso de la fobia específica,
un conflicto intrapsíquico que deberá
ser resuelto con la ayuda de un psicoterapéuta
de niños.
En general las manifestaciones de angustia
suelen coexistir con trastornos del sueño,
insomnio en particular, trastornos del apetito,
trastornos respiratorios, digestivos o cardíacos.
Este tipo de manifestaciones es más
frecuente en el período prepuberal.
Hay dos clases de fobias: una más leve
y otra más grave. Los de la primera
clase desde luego sufrirán angustia
cada vez que se les presente el objeto o situación
fóbica, pero no por ello dejarán
de desarrollar actividades. Los de la segunda
clase "se protegen de la angustia renunciando
a desarrollar una vida normal".
Lic. Daniel Eduardo Egea
Psicólogo Clínico - Niños
y adolescentes
psicologiainfantil@ciudad.com.ar